Estaba yo, después de dos días de asueto, con pocas ganitas de trabajar (los días libres no tienen la menor importancia, a mi generalmente me dan pocas ganas de trabajar) por lo que me puse a leer mi revista digital Índigo, y leyendo/viendo un artículo de Germencito Dehesa adorado, en el cual se pone a hablar de los libros que están o no están hechos para uno, me puse a pensar (de vez en cuando aún lo hago) en la graciosa similitud de sus comentarios y el escabroso camino para encontrar una pareja.
Dice Dehesa, y cito textualmente: “No es difícil distinguir un mal libro de un buen libro, en cuanto detecten un mal libro déjenlo a un lado y ya se acabó, a lo mejor es una obra consagrada, pero no era para ustedes. Hay muchos libros que no nacieron para nosotros y no pasa nada si no los leemos, en cambio hay otros que ahí nos están esperando y que necesitan que alguien los lea para ponerse una vez más a vivir y echarlos a andar”.
A mi un libro, primero me llama la atención por su contenido pero he de ser sincera, muchísimas veces la portada me puede más (al fin y al cabo diseñadora titulada y frustrada, que no es lo mismo, pero es igual). ¿En ese pequeño detalle radican mis errores? Y no es que me guste leer libros así como así tampoco. Después de ver la llamativa portada, le doy vuelta para saber de que va, abro sus páginas y si considero medianamente interesante el contenido va, pasa y lo leo. Las mayores veces no me he desilusionado, pero si ha habido uno que otro gasto innecesario, por decir lo menos.
Sin embargo me encanta leer, no me canso y aunque el último libro en mi buró resulte malo, el siguiente está ya esperando en el librero. Entonces…
¿Qué carajos pasa cuándo empezaste a leer el libro, parecía prometedor, es más se perfilaba peligrosamente para ser tu libro favorito y ¡zaz!, resulta que a la mitad decide largarse con su lector anterior?
No, eso nunca pasará con un libro, por eso yo me quedo con la literatura, aunque creo que mejor me cambio de librería…